Poder sin ley: petróleo y erosión del orden internacional
Un análisis crítico de cómo el uso coercitivo del poder por parte de las grandes potencias erosiona los principios del derecho internacional, con el control de los recursos estratégicos —especialmente el petróleo— como trasfondo estructural de estas dinámicas.
En las últimas semanas, las declaraciones y acciones del presidente estadounidense Donald Trump han vuelto a colocar a Estados Unidos en el centro de una política internacional basada en la coerción más que en el derecho.
Operaciones extraterritoriales, presiones militares y una retórica de castigo contra Estados no alineados refuerzan una tendencia que no es nueva, pero que hoy se ejerce con menor disimulo.
No se trata de episodios aislados ni de simples excesos verbales. Se trata de una forma de ejercer el poder que debilita de manera sistemática los principios fundamentales del derecho internacional: la soberanía de los Estados, la prohibición del uso unilateral de la fuerza y la resolución multilateral de los conflictos. Cuando una potencia actúa como juez y parte, el sistema internacional deja de ser un marco normativo compartido y se convierte en un orden jerárquico impuesto.
El trasfondo económico: extractivismo y control de recursos
El análisis pierde sentido si se limita a la superficie política. Detrás de estas actuaciones subyace un elemento estructural: el control de materias primas estratégicas, especialmente el petróleo. Los países que intentan mantener control público sobre sus recursos o que se resisten a procesos de liberalización forzada suelen convertirse en objetivos de sanciones, bloqueos financieros o presiones diplomáticas prolongadas.
Este patrón se ha repetido durante décadas. Primero se restringe el acceso a mercados y sistemas financieros; después se debilita la economía interna; finalmente, se justifica la intervención como una “respuesta necesaria” ante el colapso provocado. El resultado no es estabilidad ni democracia, sino dependencia económica y subordinación política.
Alianzas y silencios
La alianza estratégica con Israel, mantenida incluso frente a críticas de organismos internacionales y organizaciones humanitarias, forma parte de esta arquitectura de poder. No es una alianza basada únicamente en afinidades ideológicas, sino en intereses geopolíticos y de seguridad en una región clave para el suministro energético global.
Europa, por su parte, ha mostrado una creciente dificultad para ejercer un papel autónomo. La posición de Ursula von der Leyen refleja una Unión Europea más preocupada por garantizar estabilidad energética y alineamiento estratégico que por defender de forma coherente los principios que dice representar. Esta falta de equilibrio contribuye a la percepción de que el multilateralismo es hoy más retórico que efectivo.
Un orden internacional en retroceso
Lo más preocupante no es únicamente la acción de una potencia concreta, sino la normalización del desequilibrio. Las reacciones internacionales suelen ser tibias, fragmentadas o condicionadas por intereses económicos. El silencio o la ambigüedad no son neutrales: consolidan un sistema en el que las normas se aplican de manera desigual.
La ilustración que acompaña este artículo no debe leerse como una provocación gratuita, sino como una metáfora política: la representación gráfica de un orden mundial donde algunos disparan, otros limpian las consecuencias y muchos más permanecen inmovilizados, sin capacidad real de decisión.
Conclusión
El debate no gira en torno a simpatías o rechazos personales, ni a la defensa de gobiernos concretos. El debate es más profundo: qué tipo de orden internacional se está construyendo. Uno basado en el derecho, imperfecto pero compartido, o uno basado en la fuerza, donde la legalidad depende del poder militar y económico.
Mientras el acceso a recursos estratégicos siga justificando la erosión de normas básicas, el derecho internacional continuará perdiendo credibilidad. Y cuando la ley deja de proteger a los más débiles, deja de ser ley para convertirse en instrumento del poder.
Publicar, debatir y señalar estas dinámicas no es una cuestión ideológica, sino una responsabilidad democrática.